MANIFIESTO DE LA AEIOU.

En el día de ayer se celebró una Junta Extraordinaria de la AEIOU (Asociación Española Independiente Organizada Últimamente). El lugar elegido fue la playa de Espiñeiro, Mera. La orden del día era monotemática, y atendía al lema: “Qué pasa con lo nuestro”. A la reunión asistió, como no podía ser de otra manera, la señora Miluca, que también preside la Asociación de Amas de Casa de Guitiriz, y que compatibiliza ésta presidencia con la de la AEIOU. Llegó acompañada de sus vocales, de su nieta Loliña y de la ilustre comadre conocida por el gentilicio de tía Pirula, en calidad de genérico invitado.
Aprovecharon los descansos de las sesiones plenarias para darse baños de sol, disfrutar de la mar océana, y catar esplendidas tortillas de patata. Después de los filetes empanados se emitió un comunicado que fue redactado por la ínclita Loreniña en su calidad de fedataria del evento.
Dicho manifiesto fue retransmitido por la megafonía de la playa, y no hubo camarón ni lagarta que no tomara buena nota de lo dicho.
La AEIOU hace saber algo de vital importancia. Escucha con atención. Si eres hombre o mujer, cocinero o cocinera, debes saber esto. Sólo lo diremos una vez. Pero, antes de nada respóndete a esta pregunta ¿Cómo condimentas tus guisos? Es vital que te respondas a ti misma/o con sinceridad, no lo olvides. De hecho si no lo haces tú mismo/a puedes inducirte al error, y nosotras como miembros/as de la AEIOU declinamos cualquier responsabilidad en caso de queja.
Es cierto, hubo un tiempo para el jroña que jroña. Ya pasó, relajaros. Ahora lo que está de moda, lo más de lo más, lo trending topic y todo lo que queráis añadir es la Ñora.
Sí, la Ñora vuelve. Y lo hace con fuerza. Viene para quedarse. Así que ya sabes, si tienes un perol, una tartera o una pota con la que hacer guisos, ¡no te olvides, échales ñoras! No te arrepentirás. El sabor será tan delicioso que incluso te olvidarás de ir a la playa. Podrás librarte de esas incómodas arenas que se cuelas por dios sabe donde esos agujeros. Ahorrarás en duchas, y todo lo conseguirás gracias a ella: a la ñora.
No lo pienses más, consume ñoras. Serás más feliz, y si todavía no te lo crees escucha este testimonio.
Desde que condimento mis guisos con ñoras mi vida ha cambiado. Soy una mujer nueva. Vivo instalada en la felicidad, y todo gracias a ellas, a las ñoras. Por eso te digo: consume ñoras, no te arrepentirás.
Incluso, aunque seas raro/a de cojones las ñoras te cambiarán el carácter. Conmigo han obrado milagros. La gente me quiere; nadie me sugiera que me vaya de su casa, e incluso mi hijo ha encontrado una buena novia con la que casarse y sentar la cabeza.
Fdo. La tía Piru.
Después de leer con atención todo lo anterior decidí hacerme la manicura y la pedicura. Todo a la vez. Y es que, os lo digo de verdad, cada vez que me hago lo de las manos y lo de los pies tengo la sensación de estar amputándome algo. Menos mal que hoy tengo, ¡como no!, guisote con ñoras.






EL MAL DE CHANO SOY YO.

Del famoso y avezado periodista que descubrió que La Mujer Barbudo era de Valladolid, y que se había casado con El Hombre Elefante, que era de Burgos, que habían tenido cuatro hijas, y un hijo conocido popularmente como Cid Campeador, y que informó que actualmente viven felices y comen perdices en el pueblo de Corcubión, llega desde el Daily News Ferrol para el Mundo, la crónica del relojero Chano, conocido popularmente como Chano Soy Yo.
Esta es la increíble historia del relojero Chano Soy Yo, de venta en tus mejores periódicos.
Chano nació en su casa porque aquella mañana su madre perdió el autobús de ir a dar a luz. La cosa sucedió sin grandes novedades. La asistió su esposo el popular Chanito, y en homenaje a él lo bautizaron a los tres días con el nombre de Luciano, como su abuelo. Sólo el discurrir del tiempo y una iniciativa pertinaz fue capaz de cambiar su nombre.
Chano Soy Yo nació retraído, y desde pequeño se le detecto una enfermedad crónica desconocida. Cuando tenía nueve años el doctor Pérez, primo de Ratoncito por parte de madre, bautizó la dolencia con el sagaz nombre de “El mal de Chano Soy Yo”. Los síntomas son claros y recidivantes: fiebre, incapacidad manifiesta para escuchar discos de Rocío Jurado, y ataques de idiosincrasia a todas horas. Todo ello acompañado de pálpitos, sudores, y ocasionalmente furúnculos varios.
No era raro verlo caminar y sufrir uno de sus ataques. Cuando se le colapsaba la idiosincrasia murmuraba palabras inconexas, manifestaba deseos de apostatar, blasfemaba contra la Autoridad, el Orden y la Justicia, y sólo podía librarse de la pesadilla escuchando discos de rancheras. Si eran de Rocío Dúrcal el episodio remitía instantáneamente. La Guardia Civil estaba informada y lo dejaban circular por la derecha.
Por eso, y no por otra cosa, primero usó un walkman, después un mp3, luego un mp4, y siempre se le podía ver caminando pertrechando de auriculares, y siguiendo el compás de la música haciendo chasquear los dedos. Puro ritmo, ¡ouyeahhh!
Y, como no, Chano Soy Yo, siguió la tradición familiar. En cuanto acabó la EGB se puso a trabajar en el taller de relojería que tenía su padre, el ínclito Chanito. Allí descubrió el mundo. Entre ruedecillas, alicates, y destornilladores que también habrían podido servir para montar la Casita de Playmobil, encontró su vocación. Se hizo relojero.
Pero, no cualquier relojero. Chano Soy Yo quería llegar a ser EL RELOJERO. Se aplicó concienzudamente, leyó novelas de Silver Kane y se mantuvo en edad casadera hasta la tierna edad de cincuenta años para disgusto de sus padres que vivían con la esperanza e ilusión de ser abuelos. Tal empeño tenían que un día su madre, doña Hildita, dijo a su hijo Chano a Secas: Mira, mamalón, ¿por qué no te casas y me das un nieto? ¿A qué esperas, se puede saber?
Como es natural en ese momento sufrió un ataque agudo de idiosincrasia. Hizo falta que escuchara a Rocío Dúrcal haciendo un dueto con Mick Jageer para que se le pasaran los síntomas. Y como la música amansa a las fieras incluso se le olvidó el incidente sufrido.
Vivió tranquilo durante otro trienio. Sus padres tenían ya ciento veinte años cuando él les anunció: queridos progenitores, creo que debo poner fin a mi edad núbil. Me caso.
A doña Hildita le dio un parraque simultáneo. Don Luciano lo celebró yendo al fútbol y gozando viendo como Manolete del Cée le metía cuatro goles a Insua el portero del Finisterre.
Pero, ¿cómo fue posible que Chano a Secas hubiera conocido a su futura esposa?
La explicación de todo se encuentra en la mañana de aquel día. Ella entró en la relojería y él la atendió.
¿Qué desea?
¿Eres el relojero?
Si, para servirla.
Pues verás, dijo haciéndole a Chano Soy Yo, una caidita de ojos. El caso es que tengo un reloj averiado. He recurrido a muchos relojeros y ninguno ha dado con la solución.
¿Has traído el reloj?
Por supuesto, siempre va conmigo.
Enséñamelo, por favor.
¿Aquí? No, aquí no. Mejor vamos dentro. ¿Tendrás un taller, no?
Entraron. Chano Soy Yo no se lo podía creer. Jamás había visto una cosa igual.
Al final después de mirar y mirar, tocar, palpar, meter y sacar sufrió un ataque de idiosincrasia. Sus murmullos, por una vez audibles, decían:
En la vida he visto una cosa igual. Tú reloj biológico está muy atrasado. Te quiero, te quiero, te quiero.
Después empezó a babear, otro efecto secundario de la idiosincrasia.





PAPATORIAS, FIESTAS Y VERBENAS.

 Tiempos hubo en los que tenía el carnet de “festeiro”. No me perdía una. Recorría toda la costa, el interior e incluso íbamos hasta el más allá. Adónde hiciera falta. El caso era ir de fiesta. Siempre hacíamos lo mismo. La primera parte de la verbena estiramientos de codo, y después de unos cuantos levantamientos de vidrio empezábamos con el recorrido. ¿Bailas? No. Pero, baila, mujer. Lo pasaremos bien. Que no. Anda, baila. Y así media hora. Hasta que la susodicha se cansaba y se ponía explícita “a que te doy una hostia” Fin de la cita, final del intento.
Organizábamos concursos. A ver quién baila con la más fea. Éramos unos socialistas convencidos. Aunque en algunas verbenas la cosa estaba chupada (Ojalá). Si iban las alemanas la cosa podía ser de traca.
Las alemanas eran cuatro hermanas de los alrededores del downtown de mi aldea. No tenían desperdicio. Veías a una y no te lo podías creer hasta que veías a la siguiente. ¡Joder! El que conseguía sacar a bailar a una se convertía en una especie de héroe. Hasta lo podíamos convidar a medio cubata de Focking para que se recobrara del “jamacuco”. Le poníamos una hoja de laurel alrededor del cabezón, y le decíamos, como buenos romanos: “recuerda que eres mortal” No lo paseábamos a hombros para que no aprovechara la ocasión y nos gaseara a pedos. Pero, si no fuera por eso lo habríamos sacado incluso hasta la periferia de la aldea.
Un año fui muy afortunado ¡ligué! Fui el triunfador. Una aureola se ceñía en mi coco. Mi destino de ganador fue palpable. Una de las alemanas, la más fea por supuesto, se fijó en mí. No sé que me vio, la verdad, pero el caso es que se fijó de carallo. Y eso pese a tener gafas de culo de vaso, y veintiocho dioptrías en cada ojo. Lo que se fijó la tía. Como los búhos. Me miró y me contestó: “bueno…” Casi me da un parraque de la alegría. Comenzamos a bailar como peonzas, los medio cubatas de focking dan ritmo, y como el roce hace el cariño a la cuarta vuelta yo ya estaba enamorado. ¿O era mareado? Bueno, el caso es que estaba. Mareado o enamorado más o menos viene siendo lo mismo.
Triunfé. Puse una pica en Flandes, y me convertí no sólo en el héroe de la aldea, y por ende de mis amigos, sino que la hazaña fue muy comentada ese verano por toda la comarca de Neria.
Y sin embargo ahora que ya soy mayor, serio e irresponsable, lo de las verbenas ya no me parece lo mismo. Antes desde finales de mayo hasta mediados de octubre había fanfarria y alborada todos los días. Sólo tenías que consultar el calendario, y tener algún amigo con coche y ganas de pasarlo bien. Siempre.
Ahora todo es más difícil. No sabes qué elegir. No sabes adónde ir. La oferta es tal que a la verbena tradicional, a la fiesta patronal por excelencia, se le han sumado las múltiples Fiestas Papatoria.
No hay pescado, marisco, carne, verdura u hortaliza que no tenga ágape propio. Y aún así a mucha gente todavía le debían parecer pocas las celebraciones.
Para corregir semejante déficit se han importado fiestorros de más allá del país trinitario. Una, grande y libre que es España. Ahora también puedes irte de burundi y practicar idiomas no vernáculos por esos chiringuitos
Tienes la Oktoberfest, el Saint Patrick`s day, y si eres de natural vicioso y un ferviente fan de los comercios también tienes el Black Friday para que babees como el buen San Bernardo que eres.
Pero sin duda mi favorita es Halloween. Eso sí que es una fiesta, coño. Te disfrazas, te dan calabazas y no te mosqueas; y  si no quedas contento con lo anterior, siempre puedes hacer truco y trato.

Yo soy muy de Halloween. Ya sabes, si tú también eres un “galopín”.esta es tu fiesta. No te la puedes perder. Ojo, ponen faltas. Lo de las multas es sólo un rumor.

EL REGALO.

Estaba sentado donde todo se resuelve. Pensaba, ¿qué le regalo? Y nada, no se le ocurría nada para lo que pudiera tener presupuesto. Antes era diferente. El dinero da ideas y hace posible que la compra de “algo” no se convierta en una pesadilla inalcanzable.
¡Ay, qué tiempos aquellos! Los echaba tanto de menos. Ahora todo era distinto. Recordaba aquellos dispendios. La vida parecía confeti. Una piñata cada día que romper. Coches de alta gama en el garaje. Nevera a rebosar. Refrescos, panchitos y viajes sin parar.
¿Recuerdas aquel año? ¿Qué te regalé? Ay, papá. No empieces. No los echo de menos. ¡Menudos regalos te hacía! ¿A eso le llamas tú regalos? Hombre, por favor. Háztelo mirar, papi. Estás muy mal. La medicación no te funciona.
Qué cosas tienen que oír los padres. ¡Qué cosas! Ten hijos para esto. ¡Desagradecidos!
Y todo por un quítame allá esas pajas.
Aquel año sufría de la misma tribulación. Pero, claro, las cosas eran diferentes. Distintas porque tenía dinero más que suficiente. Tiró por la calle del medio.
La semana anterior había visto un anuncio en una revista especializada. Se vende, buen precio. Preguntar por el coronel Arturo. Tlf 693…
Llamó, concertó una cita, y después de dos cafés llegaron a un acuerdo. Lo compró por dos pesetas, le puso un lazo de celofán rojo, todo alrededor (diez metros de lazo), y lo dejó en la acera, a la puerta de su casa.
Al día siguiente, cuando se levantó la niña, a las dos de la tarde para comer, su padre le dijo: asómate a ver que ves.
La niña es despistada. El cielo está azul. Qué novedad. ¿Me compraste un buen día? No, hija. Mira bien. Fíjate un poco, anda.
No daba crédito a lo que veía. ¿Y eso qué es? Para ir al cole, nena. Ya va siendo hora de que dejes de coger el bus escolar. Tienes ocho años, ya eres mayor. Olvídate de Ratoncito Pérez, ya conocerás a otros.
¿Y dónde lo aparco?
Ah, por eso no te preocupes. Si no encuentras sitio empujas un poco y ya está, sitio hecho.
¿Y esto cómo se llama?
Llámalo Panzer. ¿A que es una chulada de carro de combate? El que me lo vendió me dijo que una vez lo miró Hitler, imagínate su valor. Estoy seguro que ahí te entran todos los libros, mochila incluida. Ya verás que cómoda vas. No te va a doler la espalda por culpa del peso de la cultura nunca más Y como complemento indispensable de cualquier carro que se precie toma, te hago entrega de este Elvis. Lo ves, lo miras y cimbrea las caderas por peteneras. ¿Y ése quién es? Uno que venía siendo. Tú ya sabes.   

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EN LAS HOCES DEL DURATON.


Una vez me llevaron, en compañía de otros ochenta más, a las Hoces del Duratón. Piraguas, kayak y remos. Después de una cuesta salvaje llegamos a la orilla del tío. Bajé, cierto es, ayudando a portar una piragua. ¡Lo que pesan! Dos asientos. Me subí en uno de buen rollo, y entre lo que pesaba quién escribe y el tonel del acompañante el agua llegaba al ras. ¡Me quedo! Peligroso, inapropiado y seguro que agujetas posteriores. Paso. No estoy preparado, hoy sólo desayuné chorizo, queso, huevos, salchichas y tocino, regado de cerveza y vino. Un especial colesterol, vamos,  al menos eso dijo el dueño de la venta de Pedraza donde paramos a almorzar toda la tropa. Mi jefe se enfurruñó con mi decisión. Bueno, es una opción. Ya se te pasará, majete.  Me quedé allí en la orilla con otros dos esquiroles de última hora, y una acoplada. En cuanto se hubieron largado anuncié al mundo un eminente baño. Le dije a esquirola: O miras para otro lado o te pones las gafas. Uy, contestó zalamera. Me despojé del traje de parra y me zambullí en aquellas aguas negras. Después me hice el muerto media hora, y clavé la siesta del obispo. Cuando desperté legañoso vi lo que había que ver en aquel sitio. El agua me había acunado y alejado unos trescientos metros de la orilla. El periscopio andaba cuarto menguante. Cuando… ¿estoy soñando? No, no soñaba. A unos treinta metros, por encima de mí corpiño flotante, asomados a un farallón, estaba una familia de buitres ojo avizor. Me miraban fijamente, como si tuvieran complejo de búhos. Nos observamos. Calculé las posibilidades que tenía en caso de ataque súbito. De repente me relajé. Había hecho memoria. Los buitres no atacan si no estás muerto. Me pellizqué para comprobar que no me había pasado lo peor, y me puse a nadar cara a la orilla. Si queréis mierda ahí tenéis el objetivo, chillé mientras nadaba. Cuando llegué los tres esquiroles varados andaban dándole al mus. La esquirola, miss León, se había puesto las gafas. ¿Dónde andabas? Preguntaron el señor Cádiz y mr. Sevilla. Flotando, haciendo un obispo y observando a los buitres. Me puse el pantalón y en la subida rompí una alpargata. Imaginaos la salvajada de fuerza que hay que hacer. Pleno sol. Noventa grados a la sombra. Las pobres zapatillas terminaron sus días en una papelera. Ora pro nobis. No bien hubimos llegado a la cima cuando me di cuenta: mis mónicas, ¿dónde están mis mónicas? Los gayumbos se habían quedado con el bañador allá abajo. Que baje Rita la Cantadora. Por si acaso tanteé a la de León, por si era de natural voluntariosa, y se negó en redondo. ¿Cómo vas a encontrar novio así? Pregunté curioso y solícito. ¿A ver cómo explico esto en casa? Nos fuimos de burundi, y vimos más y más buitres. Estábamos rodeados. Uno que pasaba por allí, el conductor contratado, llevaba unos prismáticos. Nos los pasó. Las vistas eran espectaculares. ¿Unas rubitas? Hombre, no sé, contestó dudoso. ¿Dónde nos llevan a comer los cuerpos represivos? Pregunté. Cerca a un sitio de cordero. Bien. Hacemos una cosita, chavalín (modo ejecutivo), tú nos acercas, nos depositas, regresas que ya sabes el camino, y nosotros vamos explorando el terreno. Nos llevó.
Entré en una venta descalzo, de bermudas, con una camiseta roja. A las dos horas apareció el pelotón. Derrengados, llenos de agujetas. No habían visto ni un solo buitre. Consolaros, nosotros estamos en tete de la course. Os llevamos cinco rubitas de ventaja. Mi jefe que estaba odiador, para variar, dijo a los presentes: Cuanto más viejo más pellejo. Era muy de indirectas. Me di la vuelta, le enseñé el reverso de mi adorada camiseta. Se podía leer: Un buen suicidio es irrepetible. En un tris estuve de añadir ¿lo pillas? El suelo estaba muy fresquito, y la comida FANTÁSTICA, casi se me caen las lágrimas y todo. Qué día más emocionante. ¡Yupi!


DE MUSEOS Y ZURULLOS.

¿Soy un radical? Sí, yo creo que si. También soy un desmemoriado, porque ahora, aunque me maten, no recuerdo si estuve o no estuve en Suecia, capital Estocolmo, ¿O es al revés? Ah, si: estuve. Casi no me acordaba. Estuve en aquél viaje que hice en un barco a uña de caballo. Paradojas. Estuve, estuve. Recuerdo pasar por delante del Museo Nobel, y por supuesto no entrar. ¿A qué? ¿A ver dinamita? No, mejor no. Pero en Estocolmo hay muchas cosas. Está llenito hasta los bordes de suecas tratando de llamar la atención de los suecos, que como todo el mundo sabe tienen mucha afición a hacer eso: el sueco. ¡Viciosos!
Viene todo esto a cuento de que a mí cuando viajo me gusta mucho ir a los museos. Pintura, escultura, antropología y demás feria de variedades. Sobre todo me gusta ir a primera hora de la mañana, cuando abren. Me motiva mucho la idea de que, en caso de apretón, puedo echar el trullo a dos salas de… no sé… ¿un Picasso? Mola. Todo limpio, recogido y cada cosa en su sitio. Defecar en un museo es un arte, un placer. Hay que ser un tío viajado como yo para saberlo, y si además eres de los que le coge la hora de plantar pinos fuera, nada mejor que un museo para un boceto. Todo es quietud. Te puedes concentrar, y allí te  puede salir una obra maestra y todo.
Por eso hoy me apenó mucho lo que escuché en la radio. Sí, en el coche la escucho, en casa no. No tengo mando a distancia para encenderla, y algunas cosas me dan una pereza… Además, es mucho mejor que la tele, el único inconveniente es que no se ven escarabajos pelotudos de la familia Belén Esteban o la muy ínclita Chabelita.
El caso es que iba o venía, tampoco viene al caso, en el buga y lo escuché. ¡Cáspita! Exclamé transido. Qué buen trullo hubiera echado allí, afirmo.
Hablaba un señor de esos que viajan mucho, y que recomienda sitios.  Adónde ir, qué ver y qué cosas debes hacer, comer y beber, y decía: Sí, amigos si (cuánta gente debe conocer este hombre), si vais a Estocolmo no os lo podéis perder. Si queréis ver cómo eran aquellas años, cómo se vestían y escuchar TODOS sus discos tenéis que ir. Se trata del museo ABBA. El mítico grupo sueco que ha vendido la friolera de cuatrocientos (400) millones de discos en todo el mundo.
Yo no sé si me vais a entender, pero… me entró una mala conciencia que… En fin, pelillos a la mar. Otras visitas a uña de caballo haré, otras ocasiones vendrán, y en otoño las hojas caerán. Cosas que pasan. Ay, que me pongo lánguido.
De todas forma, y como soy un tiquismiquis, una vez arribado a casa, aparte de ecco… y tomarme un café, fui a San Google de todos los Saberes y miré.
Resulta que los cinco pisos del Museo ABBA fueron inaugurados en el año del señor de 2013 D.C. Y, si no recuerdo mal, yo estuve en Estocolmo paseando a uña de caballo, y viendo pasar zagalas y zangolotinos en bici por el 2008, y… la cosa aún no existía. Es más no había ni rumores, porque si no, creerme no habría entrado allí ni aunque me estuviera cagando mismamente.



CRUCERO, NO. GRACIAS.

Aunque llegas en barco las visitas las haces a uña de caballo, y… no son formas. Así no hay manera. Lo esencial es la brevedad. Lo principal parece ser el descanso aburrido, el estar sentado, o comiendo y bebiendo sin parar, y esperar a que llegue la hora de ir a la discoteca, y que allí actúe un pequeño circo de variedades con la único objetivo y pretensión de entretenerte.  ¡Cagonsoria!
¡Me aburro!, Homer Simpson dixit.
No habrá próxima vez, lo prometo. Después de viajar una, dos y hasta tres veces en un crucero dije “nunca mais”. Conmigo que no cuenten.
No viajo con el objetivo de comer o de beber, eso ya lo hago en casa a diario, y por mucho que comer y beber sea importante de cara a mantener las constantes vitales, también se puede aplicar aquello tan viejo y manido que “no sólo de pan vive el hombre”.
No, al menos yo no. Conmigo no contéis. Y además no soporto que me despierte una voz en un altavoz a las siete de la mañana llena de humor forzado y haciendo bromas. ¡Que te calles, coño! Es más me produce agresividad. De hecho paso las dos primeras del día procurando no encontrarme  al “coñón” que me despertó. Menos mal, nunca lo hice. A lo mejor teníamos unas palabritas, y caerse por la borda a primera hora debe ser desagradable.
Después está lo del protocolo. Sí, a bordo de un barco hay de eso. En una de las ocasiones el barco tenía una eslora infinita. No sé cuántos pisos de altura Allí viajábamos cómodamente apiladas miles de personas. Para encontrar el comedor usabas un gps. Los almuerzos eran por turnos. Primer turno, puede pasar. Gracias Segundo turno, dense prisa, por favor, pero dejen salir a los del primero que ahora les toca siesta. ¡Ar!. Joder, yo ya había pasado por esto cuando hice la mili.
Me olvidé algo fundamental para hacer un viaje de este tipo. Máxime a mi edad. Me olvidé de negociar con Laboratorios Pfizer lo mío. La próxima vez me hago con dos arrobas de material antes de embarcarme y no salgo del camarote. Todo azul. Viaje amortizado. Vale, de acuerdo, las ciudades que las visite su puta madre. Total… Yo ya lo haré en otra ocasión que no venga en barco. Ahora amos a lo importante. ¡A follar! Hay que amortizar el gasto.
Por eso jamás volveré a hacer un crucero. ¿Para qué? ¿Para follar? Sólo para eso no salgo de casa. Bueno.... Las ciudades donde atraque las voy a ver de refilón, y encima me voy a olvidar de conversar, otra vez, con los de ese Laboratorio. Seguro, soy de natural olvidadizo y confío excesivamente en mi mismo.

Lo dicho, mejor me quedo en casa o si prefieres en la tuya. Dónde quieras. Es más divertido verte remar, y ver como tus ágatas reflejan la luz de la mar, mientras escucho el rumor de tus suspiros.