Facha.


La última moda en España ya no es la envidia y la mentira, que también. Aquí, últimamente, a nuestras narices llega ese ligero hedor que desprende el insulto.
Y el que parece estar en boca de todos, y el que más se utiliza como arma arrojadiza es el de facha.
Facha, dicen todos al pasar; facha y no lo dicen por faltar; facha, facha y más que facha. La matraca es cansina.
Tanto que, si no lees, oyes o escuchas el vocablo que es facha, al menos, una docena de veces al día, a lo mejor, tienes que confesar que no has vivido o que no estás leyendo con propiedad.
Facha, a mí me lo tienen dicho mucho. Me lo han dicho algunos amigos, que después resultaron no serlo tanto, me lo dijeron algunos conocidos, algún familiar e incluso algún aguafiestas.
Facha, así con las cinco letras y sin manos. En toda la cara. ¡Zas!
Estás hablando, tratando de explicar algo o de hacer un chascarrillo de cualquier cosa, y viene un impropio, te interrumpe antes de que puedas acabar la frase, y zas, te suelta un facha. En todo el belfo. Al principio quedas cuasi patidifuso, luego te acostumbras. Miras para quien lo dice, a veces por primera vez, y reparas:
Estás ante el neutrino mayor del reino. Gente que circula sobrada de adjetivos y con el espumarajo siempre en la boca. Personas negativas. Incapaces de ver el defecto en el ojo propio ocupados como están en mirar todo lo negro que la vida ofrece. En todo caso, mindundis.
Quizá por esa razón, hoy no sea un mal día para hacer un somero boceto del mindundi común, de ese ser que siempre tiene la razón y que utiliza el insulto como boomerang porque después le estalla siempre en el morro. Aunque, también hay que señalar, que prácticamente todos los que mindundis que en este mundo son, no son conscientes, ni por lo más mínimo de su condición. Al contrario, parecen creerse monedita de oro, como diría una mexicana que yo me sé, y la sal y pimienta de la buena sociedad.
El mindundi común (ambos sexos), es esa persona que según se levanta ya destila mal humor, y que antes de salir de casa ya tuvo unas palabras altisonantes con el armario, con el desorden de la cocina y con los suelos sin fregar.
Es una persona inteligente, tanto que a su lado todos los demás son tontos. Los políticos son tontos, cómo habrán llegado ahí; los jueces son tontos, posiblemente también venales; y en general, todo el mundo es tonto.
Todos son tontos menos él o menos ella, que los mindundis son muchos y además tienden a reproducirse entre ellos.
Claro, siendo tan listos y tan inteligentes, se creen con el deber inexorable de aleccionar a la humanidad que los rodea y para ello no escatiman en filípicas. Son esos, que siempre incluyen en todas sus oraciones la palabra tonto y ahora, como está de moda, la tan mentada que es facha. Además, para demostrar su poderío intelectual y que están muy por encima de los tontos que los dirigen, suelen impartir lecciones magistrales en Twitter o en Facebook. Allí se explayan a diestro y siniestro. Llaman facha a todo quisqui, sin discriminar, e incluso algunos, los más vehementes de esta raza, para demostrar que ellos son listos y demócratas, amenazan a sus congéneres con hacerles algunas lindezas.
Eso sí, cuando alguien se ofende, se enfada y les reprocha algo, ellos argumentan con su publicitada honradez en Twitter y en Facebook y siguen a lo suyo, presumiendo de bonhomía. Pero si él afectado/a, les amenaza con interponerles una demanda por insultos, amenazas y vejaciones, ellos siempre se defienden utilizando el argumento de la privacidad y el derecho a la libertad de expresión.
Porque, este tipo de neutrino, tan abundante como el envidioso y el mentiroso, se cree en posesión de la verdad absoluta y con derecho a llamarle tonto y facha al primero que no esté de acuerdo con él o con ella.
Por tanto y desde aquí, os lo digo: anda y que os ondulen.  Ah, y un consejo:
Id siempre por la sombra.


¿Dónde se estudia para putero?


Me enteré por Juanolas García, un hombre que ahora tiene perfil en Facebook, que cuando murió Manolete de las Barrosas ya todo el mundo murmuraba por las esquinas sobre él.
Al parecer, y siempre según Juanolas, las lenguas viperinas del pueblo comentaban que, sí, que Manolete de las Barrosas era una buena persona, pero que también tenía sus cosas.
Decían que escupía con destreza, que siempre usaba boina y que los domingos, a veces, iba al burdel. Eso sí, matizaban, sólo cuando ganaba el Porteño. Y claro, como el Porteño ganaba casi siempre, pues, Manolete de las Barrosas se pasaba todas las tardes del domingo en el Abecedario.
En lo de Mariloli, para abreviar. Sin embargo, aquellas lenguas viperinas también decían: Manolete de las Barrosas es el único hombre que se murió dos veces. Una en la Tierra de muerte natural y otra en el Cielo de muerte sobrevenida a causa de caerse veintisiete veces sobre un puñal.
Ante lo cual y llevado por mi idiosincrasia parlanchina, le pregunté a Juanolas García, ¿y la gente cómo sabe que a Manolete de las Barrosas lo asesinaron en el Cielo? Juanolas me miró y contestó muy sobrado: porque los ceenses tenemos una fuente en el Cielo digna de todo crédito.
Como podéis comprender, mi desconcierto fue absoluto cuando Juanolas se dio la vuelta, y a modo de despedida entonó la frase que lo había hecho célebre: chao, bacalao.
Pasé tiempo dándole vueltas a la cabeza sin llegar a resultado alguno. No me explicaba aquel fenómeno, y lo que es peor: tampoco nadie me lo explicaba.
Así que un día, harto de vivir en la ignorancia, abordé a mí padre después de comer. Papá, le dije, ¿es verdad que los ceenses tenemos un confidente en el Cielo y que por esos todos sabemos lo de Manolete de las Barrosas? Mi padre, como buen gallego, respondió: ¿y a ti quién te dijo eso? En un pronto, y después de tres años sin haber dicho ni una sola verdad, creí llegado el tiempo de sincerarme: me lo dijo Juanolas. ¿Qué Juanolas? Juanolas García. Ahhh, ése Juanolas. Y se quedó meditabundo. Volví a insistir y él volvió a salir por peteneras: A ese Juanolas no le hagas ni caso, me oyes, ni caso. Es el hijo de Asunción. ¿Pero es verdad, o no? Puede que sí y puede que no. Yo que sé, estoy muy ocupado con el dominó para prestar atención a todo lo que se dice, además, ¿no te dijo, también, ése tal Juanolas García que Manolete de las Barrosas era un putero? ¡Sabrá él!
Mi madre, que parecía que no estaba escuchando, emitió un alarido: ¡Faustino, por favor! Que cosas le dices al niño. A lo que mi padre, todo serio, replicó: Sí, encima tú malcríalo, concluyó poniendo mucho énfasis en el tú.
Unas pocas semanas antes yo había tenido el disgusto de mi vida. Había abandonado el fútbol, era un prometedor destripaterrones centro, por falta de afición. Yo creo que aquella patada en los bígaros tuvo algo de culpa, pero… falta de afición, no se hable más A consecuencia de aquello, y como tenía mucho ocio por delante, sopesé la idea de hacerme putero en mis ratos libres. Qué carallo, me decía para animarme, si Manolete de las Barrosas lo fue y llegó al Cielo, porque yo no.
Pero cuando salí a la calle, y me encontré con el hijo de Asunción, ese que no fuma, ni bebe, ni juega al balón, y se lo dije intentó sacarme de la idea de la cabeza diciéndome: ¿pero es que tú no sabes lo que le sucedió a Manolete de las Barrosas? Cáspita, no. O sí, bueno yo que sé, si sí o si no. Yo lo que quiero es ser putero y punto. ¿Dónde se estudia para eso? ¿Te haces apuntas a putero conmigo? Ni de broma, ni por un juego de tabas nuevo haría tal cosa. Y me contó lo que, según él, le había sucedido a Manolete de las Barrosas.
Como tú ya sabes, porque lo conociste, Manolete de las Barrosas era un hombre bueno, amante de su familia y todas esas cosas. Y aunque, es verdad que escupía con un arte esdrújulo y que se ponía la boina hasta en verano, también es cierto que por su entrega al puterío el pobre siempre vivió en un ay. No entiendo lo que quieres decir, hijo de Asunción, repliqué más chulo que un ocho. (Por cierto, y nota al margen: la próxima vez que me encuentre con el hijo de Asunción tengo que acordarme que se llama Juanolas García). Pues que siempre estaba canino, y que por culpa de su devoción dominical siempre andaba a la última pregunta. Ahhhhh, contesté. Creerme estaba verdaderamente conmocionado, no sabía que ser putero implicara padecer ese efecto colateral y a mí, como no soy cura y no había hecho voto de pobreza, esa eventualidad no me parecía nada favorable.
Me decepcioné tanto que ese domingo hice pellas (por cierto, en Cée a eso le llamábamos hacer la gatada) de la iglesia.
Como tenía tiempo libre antes de comer, me fui a jugar al guá al relleno. Cuando hube ganado catorce pesetas, a peseta la partida, doce para el cine de Jiménez y dos para tabaco, me fui a comer.

Llegué tarde, y mi madre molesta por la tardanza me espetó a bocajarro: ¿Fuiste a misa? Sí, mamá. ¿De qué color llevaba hoy la casulla don Antonino? Verde, mamá, dije con toda seguridad, no en vano había consultado el misal antes de salir de casa. ¿Y entonces cómo es que no te vi? La miré benévolo. Mi madre ya me había pillado una vez y desde entonces había aprendido a ser precavido. Cuando iba a contestar, mi padre se me adelantó: estábamos atrás de todo. ¿Estábamos?, inquirió mi madre. Sí, Lita (Amalia, Amalita, Lita, ese era el nombre de mi madre). Atrás del todo, tú hijo, Manolete de las Barrosas y yo. Mi madre se sulfuró y en un tono más alto de lo normal dijo: Manolete de las Barrosas murió el mes pasado. Sí, Lita, sí. Una desgracia, mi padre parecía inspirado, al pobre lo han enviado de permiso desde el Cielo unos días, todavía están tratando de superar el infortunio que fue el incidente de su asesinato. Desde entonces, el Cielo ha perdido mucha reputación. Por cierto, que también dijo que esta tarde se dejaría caer por el Abecedario, y no va este imbécil- dijo señalándome con su largo dedo índice- y no le regala catorce pesetas. De verdad te lo digo, lo malcrías, Lita, lo malcrías.

Auschwitz.


 El mes pasado descubrí que sesenta y nueve (69), un número que me gustaba por demás, a veces no es un número de mí agrado. Y es que, sesenta y nueve son los kilómetros que separan a la hermosa ciudad que es Cracovia del infierno más repulsivo que fue Auschwitz.
En apenas algo más de una hora, y sin ir por autopista, alguna llegas al infierno. La Tierra está plagada de infiernos.
Allí los nazis, hace sólo ochenta años, practicaron todas las aberraciones que pueda albergar la sinrazón humana. Concentraron gente, practicaron la exterminación masiva y la degradación máxima del ser humano y los campos se llenaron de hiel.
Las cenizas de los masacrados, ni siquiera sirvieron de abono de aquellos yermos páramos y aquel basto paisaje fue testigo mudo de la desolación más absoluta.
El mundo se conmovió, la gente lloró al unísono al enterarse del horror sufrido por aquellas miles de almas abandonadas a su suerte y sobre el mundo cayó el oprobio de lo sucedido allí.
Aprendimos a vivir con la historia, la olvidamos y nos empeñamos en repetirla a cada rato. El terror siempre acecha, y aunque en un grado menor, no hay década que no suframos brotes de espanto.
Sin embargo, y aunque la cosa no parezca posible, el mundo está lleno de Auschwitzs. Lo más son desconocidos, los menos no son recordados y todos guardan un punto común entre ellos, todos son silenciados y a menudo desdeñados.
La gente, la gran masa, prefiere vivir en la ignorancia antes que en el conocimiento. Preferimos pasar página, e incluso los más melifluos optan, de forma descarada, por no oír hablar siquiera del asunto. Otros, pese a todo, se empeñan en negar la evidencia de la misma manera que hay imbéciles que todavía manifiestan estar firmemente convencidos de que la Tierra es plana. Cuestión ésta que, sin duda y pese a que todos los cráneos son redondos, que demostraría que el de algunos es plano.
En Auschwitz hubo muchos campos, la mayoría no existen hoy en día.
En Birkenau, apenas a tres kilómetros, los nazis dedicaron ciento sesenta hectáreas de terreno conquistado a practicar todos los horrores que fueron capaces. La degeneración y la depravación humana, alcanzó su máxima cota.
La solución final fue administrada allí sin discriminación alguna. La esperanza de vida de los internos en aquel Infierno, e Infierno se antoja eufemismo, apenas alcanzaba las dos semanas. Con aquel caldo de cultivo y con aquellas esperanzas, la mayoría de los internos se tuvieron que convertirse en bestias para intentar sobrevivir. Padres que mataban a sus hijos por un mendrugo mohoso de pan, heces y orines que caían de lo alto de literas entablilladas de madera y todo tipo de calamidades que la mente humana se pueda imaginar, sucedieron allí.
En aquellos campos, los nazis intentaron relegar a las personas a la condición de animales y lo único que consiguieron fue convertirse ellos en bestias y en lo más vil y rastrero de la raza humana.
Aunque, los nazis no fueron los únicos y posiblemente tampoco sean los últimos. Y si no, mirar lo que sucedió en Rusia, lo que ocurrió en Camboya o lo que…

Y aunque allí ahora florezcan las flores, los campos se rieguen con lágrimas y el respeto abone los campos, esta historia es tan interminable como bochornosa.

Si quieres un hijo pillo...


No lo veía claro. Consulté con mis amigos, y todos menos el hijo de Asunción dijeron: acepta, acepta, que así bebes. Sin embargo, el hijo de Asunción que no bebía, ni fumaba, ni jugaba al balón, seguía mostrándose escéptico. Para demostrar su desagrado dijo: “bah, qué asco”. Después siguió jugando a las tabas.
Al llegar a casa se lo dije a mamá sin ningún entusiasmo. “Mamá, mamá, ¿qué te parecería si…? Para mí sorpresa no me contestó ella. Lo hizo papá. Aquel día, el pobre andaba algo pachucho de lo suyo, y no había ido al Casino. ¿Qué dices, de verdad? Después de mirarlo un par de veces y comprobar que, efectivamente, aquel hombre guardaba un parecido sospechoso con mi padre contesté provocativamente: ¿qué pasa, es que no me crees? Mi padre, que ya se había ido, no contestó jamás la pregunta. Se limitó a desaparecer, o hacer un Houdini que era como denominaba mamá a lo que mi padre hacía en esos casos. Y así, estando en esa tesitura me puse a deshojar la margarita. Sí, no, depende (incluí depende en un arranque de creatividad).
Pasé la tarde así. Aquel día agoté las margaritas de los jardines que había al lado de casa. Sin embargo, al finalizar el día y como todavía me quedaba media bolsa llena de flores, todavía barruntaba sobre la cuestión. Mi madre, que a aquellas alturas ya me había aleccionado en el uso de la escoba, dijo poniendo cara de estar enfadada: “ya puedes ir barriendo”.
Aquella noche dormí mal. Aquella novedad, en el niño koala, era la primera vez que sucedía. Tuve sueños recidivantes, las margaritas perfumaron mi sueño delta y la confusión se adueñó de mí al despertar. Para colmo, la minúscula alfombra que había a mis pies estaba llena de restos mustios de las dichosas margaritas que me recordaron el suceso del día anterior.
Me levanté, para variar, de mal humor. Desayuné, y como ya tenía diez años y ya era mayor, me homenajeé con tres carajillos, un par de copas de garnacha y encendí una Faria. Cuando me marché al instituto iba la mar de animado.
Por el camino me encontré con él, con el hijo de Asunción. Sí, ese que no fuma, ni bebe, ni juega al balón. Por cierto, un chaval famoso. Fijaros si es celebérrimo al gachó que hasta tiene canción. Un fenómeno. El rey de las tabas. Pero, a lo que iba. El hijo de Asunción, de quien aunque mi vida dependiera de ello no recuerdo su nombre, volvió a machacar mis tímpanos con sus precauciones. “yo de ti no aceptaría, pero como tú eres tú y tú circunstancia, pues… tú sabrás”. No sé si me explico bien, pero si digo que en esos momentos, y animado como estaba, estuve a punto de convertirme en el primer asesino en serie de mi pueblo, tampoco creáis que estoy exagerando. Es que lo zapateaba, vamos. ¡Brrrrrrrrrr! Me contuve y los dos conseguimos llegar sanos y salvos al sitio donde se suponía que estudiábamos.
Teníamos clase de religión a primera hora. Así, a lo bestia. Para despertar. Unos días empezábamos por Gimnasia y otros días por Religión. Trabajando cuerpo y mente. Como se puede ver vivíamos, perdón, estudiábamos al límite. Forjando el carácter para lo venidero. El cura, los pelotas le llamaban Don Sacerdote, dirigiéndose sólo a mí preguntó: qué, que me dices Luis Germán, ¿aceptas, sí o no? Me hice el distraído, miré todo lo negro de mis uñas y maldije para mis adentros por haberme olvidado la petaca de garnacha en casa. Estaba sin palabra, no sabía que decir. Me rasqué, acomodé los bígaros en el pantalón mientras pensaba, mientras trataba de hacerlo, y contestar algo coherente. No se me ocurría nada. ¡Cáspita, qué hago! Me acordé de aquel forastero que había visto el día anterior y que manifestaba ser mi padre. “Pues, no sé, don Sacerdote (mejor optar por la prudencia y el buen trato), que dice mi padre que si quieres un hijo pillo, mételo monaguillo. Pero, yo no sé, no lo veo claro. ¿Y si pruebo el vino antes sería mucho pedir?. El cura, que pese a sus votos era un tío muy de andar con segundas y conocido por el exceso de sus perífrasis, contestó enfurecido: Sí hombre sí, lo que faltaba. Si quieres te compro rioja reserva, no te fastidia el niño.
Y tampoco era eso, claro.

Le dije que yo creía que con la bendición cualquier purrela de baratillo se convertía en el caldo más excelso, y resulto que no. Por lo tanto, y viendo que las contradicciones teológicas podían afectar a la calidad de los vinos, y dado que don Sacerdote no me ofrecía garantía alguna, fui consciente de que mi padre jamás alcanzaría su sueño de tener un hijo pillo. Quizá por eso, nunca alcancé el grado de monaguillo y, por tanto y por eso quizá nunca fui un niño pillo. 

El Cielo está sobrevalorado.



La mayoría de los presentes se miraban entre sí con cara de circunstancia, estaban asistiendo al funeral de Manolete de las Barrosas. En el atrio de la iglesia se habían formado grupos espontáneamente donde los afines cuchicheaban.
-         Desde luego- decía uno de los presentes-, a estas alturas Manolete ya debe haber llegado al Cielo.
-         Sí, sin duda- asintió uno de los presentes-, si alguien se ha ganado ir al Cielo, ese sin duda es Manolete.
El asunto se habría quedado ahí, máxime si todas las personas allí reunidas hubieran sabido que, efectivamente, Manolete de las Barrosas, ya había llegado al Cielo con bien y que, en ese mismo momento, llamaba a la puerta con los nudillos.
Le abrió San Pedro, quién si no. San Pedro, que llevaba en el empleo de portero desde que el Cielo se había constituido en Cielo, estaba más aburrido que un hongo y clamando por las esquinas por el convenio inter sindical del que era rehén.
Pese a todo, y fiel cumplidor de sus obligaciones, San Pedro enseñó a Manolete de las Barrosas todas las dependencias con orgullo como no podía ser de otra forma.
Manolete estaba encantado. Toda su vida había deseado que, llegada la hora de su muerte, su destino fuera ese, y mira por donde al final se había salido con la suya: Manolete de las Barrosas fue admitido en el Cielo.
La razón esgrimida fue: buen comportamiento. Un hombre amable, conversador y dicharachero, amigo de hacer el bien y enemigo acérrimo del mal, no podía pasar la Eternidad en cualquier sitio. No, al contrario. Manolete se ganó en vida un puesto eterno en el Cielo. Algo así, como ganar plaza de funcionario de por vida, pero en este caso cambiando vida por eternidad. ¡Un chollo!
Sin embargo, los que a esa misma hora estaban despidiéndolo también murmuraban otras cosas de él. Prueba de ello es que, la misma persona que antes había hablado ahora estaba diciendo:
-         También, ¡manda carallo y que Dios me perdone!, pero si no lo digo exploto: Manolete era un pesado de mil pares.
Y la misma persona que antes le había contestado añadió más explícito:
-         Sí, era un chapa de cojones. En fin, que Dios tenga en su gloria a Manolete y que se arme de paciencia. La va a necesitar.
-         Hombre, Dios es Dios, puede con todo, ¡menudo es”. Así que malo será que no ponga en vereda a Manolete. ¡Malo será!- exclamó como si fuera un mantra.
Y malo fue.
Porque, a los cuatro días de estar en el Cielo, Manolete de las Barrosas, ya había presentado sus credencias de pesado recalcitrante ante todos los vecinos del Cielo. Pero como allí todos eran cuando menos estupendos, todo el mundo parecía gozar de paciencia infinita y de tiempo ilimitado para escuchar las repetitivas historias que contaba sin descanso el bueno de Manolete.
Manolete de las Barrosas afirmaba, sin asomo de rubor alguno, que él se había ganado el Cielo porque durante su estancia en la Tierra siempre había hecho el bien y por haber sido un hombre cariñoso, que siempre había gozado con la presencia de la familia.
Sin embargo, ni su hijo que vivía y trabajaba en Alemania, ni su hermano menor, que estaba en la cárcel por haber esnifado unas prevaricaciones, se habían tomado la molestia de asistir al entierro.
Es más, se sabe, porque así consta, que cuando recibieron la triste notificación el uno dijo “anda y que le den, que se entierre solo”, y que el otro, desde la mismísima Alemania, mandó un tan sentido como explícito telegrama que ponía: “por mí como si lo ondulan”.
Pese a todo, reitero para que quede claro: cuando Manolete de las Barrosas tuvo la ocurrencia de morirse e irse al Cielo, todos los presentes hablaron maravillas de él.
A la semana de estar allí, en el Cielo, y cuando por cosas tan atemporales como difíciles de comprender para los terrícolas, a sus vecinos ya le habían computado esa semana por cinco quinquenios, se produjo el incidente.
Un mal día, Manolete de las Barrosas fue encontrado muerto a la orilla del río que desemboca en el Limbo.
Alguien le había asestado veintisiete puñaladas, todas ellas letales de necesidad. Aquel suceso, como no puede ser de otra forma, causó un malestar social más que evidente entre los habitantes del Cielo. Era la primera vez que tal cosa sucedía. Allí, se suponía, sólo iban los mejores y los que mejor se habían portado en vida, así que… ¿cómo era posible que tal cosa hubiera llegado a suceder?
Aquel día, el Cielo perdió parte de su reputación.
Claro que, también hay que decirlo, Manolete de las Barrosas era un buen tío, nadie lo duda, pero también era un hombre que sacaba de sus casillas a todo Dios.



A mí no me adoctrinaron, no.


De ninguna manera. Porque cuando yo estudiaba (si es que alguna vez hice tal cosa), en España gobernaba Franco. Franco, Jefe del Estado por la gracia de Dios. Lo ponía en todas las pesetas. Pero, a mí, no me adoctrinaron. Qué va, no seáis mal pensado. Yo tuve que estudiar FEN (Formación del Espíritu Nacional) porque sí, para no adoctrinarme. Tampoco nadie se molestó a enseñarme Lengua y literatura gallega, y sabéis por qué, pues porque si no quieres caldo te dan dos tazas. En vez de eso me obligaron a memorizar la lista de los reyes godos y descubrí que uno de ellos se llamaba Wamba, así… con dos adoctrinamientos; y también, para que no anduviera escaso de cultura por la vida tuve que aprender también de memoria la lista de los ministros que tenía Franco en 1.970. Claro que después, si lo pienso bien, me sirvió de mucho la cuestión. Sobre todo para saber que López Rodó un joven, por aquella época, listo, emprendedor y con cara de marsupial era el encargado del desarrollo español. Claro que, ahora que lo repienso, si los fabricantes de bambas eligieron llamarlas Adidas, Puma o Nike…, en vez de escoger el más lógico que es Wamba, la cosa no fue por falta de iniciativa, fue por falta de cultura. A ellos, como eran extranjeros, y además reincidentes al vivir fuera, desconocían la lista de los reyes godos, visigodos y hasta cómo se llamaba la madre que parió a Viriato. ¡Cuánta incultura! Por tanto, quede claro al menos un par de cosas en este caso: los extranjeros son unos incultos y López Rodó fue ministro hasta, como bien informó La Codorniz el burro de López, Rodó. Así que, por hoy termina este breve predicamento, aunque eso sí, otro día y si queréis os hablo de eso que los ilusos entienden por adoctrinamiento. Pese a todo, me pregunto: ¿sabéis de algún país en el que sus gobernantes no adoctrinen a los niños, a los hombres, a las mujeres o a los mayores? Y aunque, yo creo, que la respuesta ya la dio el eminente literato que es Bob Dylan cuando cantó aquello de Blowin in the wind, a lo peor va a ser verdad y la respuesta flota en el viento. Aunque, para viento, viento Lo que el viento se llevó. Esa sí que fue una borrasca. Y lo demás, florituras. Qué escenas, qué diálogos; porque quién no se acuerda de “francamente, querida, no te entiendo” o de aquella no menos mítica que decía la oronda mucama negra (uy, disculpas, de color) de Escarlata O`hara: “para estar guapa hay que sufrir” y después tiraba de los cuerdas del corpiño de su señorita mientras de la sufriente fluían los gases. Yo no sé, pero tengo entendido que así empezó el adoctrinamiento en tontería, en bulimia y en anorexia. Pero claro, cuando Hollywood adoctrina, adoctrina de verdad y no como estos gazmoños que adoctrinan en plan aficionado. Y de la misma manera que ningún español o española besa por frivolidad, tengo que decir y lo digo sin reserva alguna que a mí sí me tienen que adoctrinar pido que lo hagan a besos, y no dándome con la regla en la mano por la única razón de que al único godo que recuerdo sea un tal Wamba. Sin desmerecer, que conste, a Chindasvinto. Ese rey frustrado, que incómodo ve como sobre su tumba pisotean todo tipo de  zapatillas y ninguna se llama como debería de llamarse. Para terminar, como decía aquel personaje de Apocalypse Now, el coronel Kurtz estamos ante: “El horror, el horror”. ¡Ay, si Joseph Conrad levantara la cabeza! Formaría pareja de hecho con el visigodo Wamba. ¡Menuda par de incomprendidos!

La danza de la lluvia.

                                                                                                 Foto sacada de El Español

Los agricultores sacan los santos a la calle: comienzan las rogativas antisequía.

Acabo de ver ese titular en El Español, el periódico de José Pedro, y me he quedado turulato.
O sea, a ver si lo entiendo. ¿España no era un país avanzado y nuestra sociedad no era laica?  ¿Y si es así, porque nadie protesta por el hecho de que para tener un día festivo tengamos que conmemorar a un santo? No sé, es raro, ¿no? Claro que, cuando conviene aparcamos la laicidad en aras de un buen puente.
Los ciudadanos celebramos el día de la Inmaculada Concepción, la Navidad, San José, Corpus Christi, San José, San Juan, Santiago Apóstol… ¿sigo? Y lo hacemos con dicha, alegría y alboroto. Se sabe que, los más derrochadores viajan. Sobre todo los de Madrid. Tan es así, que si no vas hasta el fin del mundo y no ves a una familia o a un grupo de madrileños orneando por esas calles, se podría decir que no has viajado. Y es que, están en todas partes. Porque también se sabe, que el madrileño, ese que tanto presume de ciudad, en cuanto tiene ocasión coge el portante y se va con la música a otra parte. Por tanto, si dijéramos, que ni la molestia en el decir nos tomamos, que el madrileño es alguien que gusta de deslocalizarse a sí mismo, tampoco estaríamos exagerando un ápice.
Pero hoy, domingo, El Español, el periódico que perpetra José Pedro, tiene a bien informarnos de lo emprendedores que vienen siendo los agricultores. Gente aguerrida, sin duda; y gente por la cual manifiesto mi agrado. Son vitales, necesarios para la vida. Sin ellos no tendríamos ni una mala berza, ni una buena fruta, que llevarnos a la boca. ¡Viva la agricultura y por ende los agricultores! Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, los pajaritos cantan y las nubes se levantan. Que sí, que no, que caiga un chaparrón por encima de las calles de Corcubión. Antes cantabas eso y llovía. Ahora, no. Ahora todo anda del revés.
Y es que algo parece que está pasando. ¿Pero qué? Pues unos hablan de la evidencia del cambio climático y otros apuestan por seguir haciendo millones, por silbar y por mirar a otra parte. Lo malo es que los que dicen estar preocupados no hacen nada, y lo peor es que el que está en situación de hacer algo todavía hace menos. Prefieren el dinero, al fin y al cabo en cien años todos calvos y, por tanto, más vale acumular billetes y dejar recursos suficientes a las generaciones venideras para el estudio de la alopecia.
Claro estando en esta tesitura, y copiando la iniciativa de los bienaventurados agricultores, los del Pp y esa banda de palmeros que les acompaña en su gira de bolos con el nombre de “constitucionalistas” unos días y “unionistas” el otro, imitan la ocurrencia de los agricultores y reparten entre sus fieles votantes estampitas del Demonio Puigdemont, mientras ellos siguen haciendo abluciones y entonando rezos que dicen: “a Dios rogando y con el mazo sigo dando”.
Creo que era sí, y si no lo era que me disculpen los agricultores. No quería compararles, ni por lo más mínimo con los del Gobierno ni con sus palmeros. ¡Todavía hay clases!