Casado y Rivera, dos iguales para hoy.


   Decía Winston Churchill: “Si a los 20 años no eres de izquierda, no tienes corazón. Si a los 40 años no eres de derechas, no tienes cabeza”.
   Posteriormente, Willy Brandt, matizó la frase: “Quien de joven no es comunista, es que no tiene corazón. Quien de viejo es comunista, es que no tiene cabeza”.
   Y hoy en día, gracias a internet, encuentro otro matiz a la célebre ocurrencia: “Si a los 20 años no eres de izquierda, no tienes corazón. Si a los 40 años no eres de derecha, no tienes cerebro. Y si a los 60 años vuelves a ser de izquierdas es que ya tienes Alzheimer”
   Pues bien, resulta que Pablo Casado y Albert Rivera, 37 y 38 años respectivamente, han empezado la historia por el final: los dos son de derechas, versión española. Derecha de botijo. Representantes de la España vengativa, la de Puerto Hurraco, la que envía a los de la porra si alguien intenta moverles los marcos a la finca que consideran suya, aunque la finca no sea propiedad, sino usufructo. La España que no negocia y que no aprovecha el momento favorable. Porque, en estos momento, un referéndum para resolver la cuestión catalana lo gana España por goleada. ¿Después? Ya veremos…
   Casado, en esta tesitura, se postula como  el adalid de la España que impone, mientras que Rivera se muestra como el charlatán de mercadillo que es por esas ferias. En todo caso, los dos compiten por vender el mismo producto en el rastrillo de la opinión pública de cara a las próximas elecciones.
   Casado también está en entredicho por el asunto de su máster.
   De él sabemos que es un chico, que aprobó media carrera en cuatro años y la otra media en cuatro meses; y que, después, para rematar la jugada aprobó un máster sin ir  nunca a clase. Por tanto, una de dos: estamos ante un fenómeno o ante un mago. Yo, particularmente, me inclino por mago; porque el día que convocó a la prensa y enseñó los trabajos engargolados de su supuesto máster, el truco le funcionó a la perfección. Todo el mundo los dio por buenos con sólo ver la portada y no el interior. Sólo faltó que se creciera aún más y exclamara: ¡alerop!
   En manos de un prestidigitador y de un charlatán está la derecha española.
   Por eso, hoy más que nunca, y con este par de políticos que recién nacidos parecen viejos, tenemos asegurada la continuación de la España fatalista. Claro que, a lo peor, es que padecen Alzheimer; que también pudiera ser.
  

De Sabinos y Loquillos.


   Tengo entendido que Loquillo es un cantante, que una de sus canciones más populares es Quiero  un camión y que en ella orneaba: “yo para ser feliz quiero un camión”.  Sin embargo, a mí querer  un camión no me haría feliz. Y, porque lo sé preferiría otra cosa. Una república, por ejemplo. Estos reyes, si me acuerdo, me la pido sin falta Me la pido porque sabiendo que lo de Loquillo es postureo,  me pregunto: ¿si la letra de la canción Quiero un camión la escribió un señor que se llama Sabino Méndez, por qué la gente deduce que es Loquillo el que quiere un camión para ser feliz? ¿O es qué acaso Sabino escribió eso porque, también, tenía entendido que Loquillo era un cantante? Todo lo anterior es tan profundo que me hace reflexionar sobre los Sabinos de la vida y sobre y los cantantes que ornean. Y como una cosa siempre acaba llevando a otra…
   …de oca a oca, y tiro porque me toca, llegué hasta  el Rey de España. Ya sabéis, ese chico tan alto, preparado y descendiente de franceses que mantenemos a escote entre los españoles y que hoy estuvo en Barcelona con la propia; y me pregunté: ¿y el Rey qué es, cantante o Sabino? Lo pregunto, más que nada, porque en esto hay diversidad de opiniones y como la opinión es como el culo que todo el mundo tiene, pues eso.
   Por ejemplo, la opinión de los independentistas dice que el día que el Rey leyó un discurso escrito por un Sabino orneó más que un Loquillo. Por contra, los constitucionalistas dicen lo contrario: está muy preparado, es muy alto y lleva con mucha entereza tanto lo de su padre como lo de su esposa. Cosa que le honra, añaden. Después  viene la opinión de los republicanos que, al igual que en la película La vida de Brian se dividen en dos facciones: los independentistas y los españolistas. Coinciden ambos bandos en que lo mejor para este chico sería que se fuera a un lugar llamado Exilio. Después, y por último, viene la opinión más unánime y la más celebrada: la de los demócratas. Esos  están contentos con lo que hay, aceptan un Rey heredado del antiguo dictador y como buenos demócratas, ciudadanos y cristianos defienden la unidad de España con la misma fuerza, el mismo tesón y el mismo empeño que antes emplearon para combatir a Franco. Los auto-llamados demócratas de toda la vida opinan que los catalanes, los vascos o los gallegos no tienen derecho a decidir su futuro porque así lo escribieron antes los Sabinos y así lo ornean ahora los Loquillos.
   Y si antes no tuvieron tiempo de hacernos la pregunta: ¿monarquía sí o monarquía no?, ahora los demócratas  de toda la vida se creen con derecho a seguir decidiendo por los demás, y utilizando el Derecho como arma arrojadiza y las porras de las fuerzas de seguridad como argumento disuasorio cercenan el principio más elemental de la democracia enunciado por Lincoln: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Es más, se lo pasan por el arco de triunfo mismamente.

Soportando a Franco.

https://www.youtube.com/watch?v=yF1tpsL7Vik

   Viví con Franco 17 años, y llevo soportando su recuerdo toda de la vida. El día que  se murió fue la primera vez que me expulsaron del internado dependiente del instituto en el que estudiaba. Motivo: negarme a ir a una misa en su memoria. “Que vaya su madre” (la madre de Franco), le espeté al cura que exhortaba la presencia de todos los internos en dicho acto. Y, el cura me expulsó. Después volvimos a hablar del asunto de mí expulsión, recapacitó de lo injusto de la decisión y me readmitió. Nos llevábamos bien. Era un gran tío, lo apreciaba mucho. Años después, el día mismo día que empezaba a trabajar en un juzgado como “meritorio”, fue el día elegido por un coronel de opereta para dar un golpe de estado. Tejero y sus boy`s entraron en el Congreso, dispararon unos cuantos tiros y todos los diputados menos Suárez, Gutiérrez Mellado y el comunista Carrillo, se tiraron al suelo. Al rato, Fraga incómodo se volvió a sentar en su asiento porque le dolía el culo; recobró su célebre carácter, y montó (hasta donde le dejaron) medio pollo queda bien. El postureo resultó equidistante; quedó a medio camino entre la cobardía y entre el arrojo de los otros tres mentados. Tierra  de nadie, tierra de Fraga. Durante esos años, los españoles, vivimos con el miedo en el cuerpo de otro inminente nuevo golpe de estado. Pero, de repente, ganaron los socialistas las elecciones por goleada y las cosas empezaron a cambiar. Gracias a su generosa y hábil oferta, miles de oficiales y suboficiales de los ejércitos pasaron a la reserva cobrando la totalidad del salario, teniendo derecho a un ascenso más y a seguir viviendo en el piso oficial que ocuparan en ese momento La medida fue certera, meridiana. Desactivaron el peligro, y de paso regularon el anormal número de oficiales y suboficiales que había en nuestras Fuerzas Armadas. Y ahora, casi 43 años después de su muerte, Franco vuelve a ocupar portadas de periódicos. Otra vez, los socialistas, quieren poner las cosas en su sitio y rematar la tarea inconclusa. Quieren devolver los restos de Franco a su familia (que la familia no quiera los restos del abuelo dice mucho de cómo son esa caterva) y liberar al pueblo español del oprobio que es el Valle de los caídos. Y otra vez, unos pocos miles de oscuras golondrinas vuelven a dar la tabarra. Esos pájaros que viven anclados a la caverna sin atreverse a salir al mundo exterior. Esos a los que les parece normal que Emérito repartiera títulos de nobleza a los herederos del dictador, y esos que gustan que Franco esté enterrado en un lugar público. Los insufribles, los que siempre atentan a la razón más elemental. La chusma habitual que, brazo en alto, todavía después de 43 años, llevan alicatadas las muñecas de pulseritas con la bandera de España como si ésta les perteneciera; hablo de esos que quieren hacernos regresar al año 1975 por la gracia del Caudillo. Hablo de esos, ¡descerebrados!, y me dirijo a ellos y les repito algo que decía Camus: “La estupidez insiste siempre”.

Emérito, el culebrón del verano.


Antes sabías que estabas en verano porque en esa estación era cuando España invadía el Peñón al grito de Santiago y cierra España. Te dabas cuenta de que, otra vez, y gracias a “la calor”, a la serpiente del verano la habían sacado a tomar el sol. También teníamos otras culebrillas, la canción del verano y el turista tropecientos mil millones. Ahora, sin embargo, no. Los contenidos se han actualizado. Tanto lo han hecho que la última moda es decir que Emérito nunca  fue un probo padre de familia. Lo dicen los encargados de soltar las serpientes en verano. Lo contrario que decían antes. Pero con la cosa de las actualizaciones, los “plumillas” ahora elevan el listón y sueltan culebrones. Es más, también dicen los que dicen lo anterior, que Emérito andaba con pilinguis. Sí, sí, como leéis. Con pilinguis. Y, aportan más información, con pilinguis pagadas con fondos del Presupuesto General del Estado.  Pero ahí no acaba la cosa. Además de pagarle las putas a escote entre todos, también nos dicen que nuestras autoridades consentían que los amigos de Emérito cobraran comisiones en paraísos fiscales y cosas así. Sus amigos, él no. Qué conste. No vaya a ser que me hagan un Valtònic. Hablamos de esos  amigos que tenía Emérito y que acabaron todos en la cárcel. Él no, como decía, él estaba ocupado acumulando quinquenios para tener una jubilación a la altura de su Emérito carácter. En todo caso, lo dicen los periodistas. Yo sólo me hago eco. Eco, eco. Al parecer, los periodistas lo sabían. Sólo al parecer. Lo sabían desde hace un rato, cuarenta años, pero se han acordado ahora. Creo que la amnesia en el periodismo está considerada enfermedad profesional. Claro que, ahora que recobraron la memoria, también nos dicen que lo sabía todo el mundo. Todo el mundo menos yo. Yo, hago saber, no sabía nada. Además, ¿si no lo sabía ninguno de los presidentes de gobierno que con tanto tino y tanto juicio nos han gobernado hasta ahora,  porque lo iba a saber yo? Por favor, ni que me apellidara CNI. Los periodistas, a veces, se trabucan y creen que la gente es como aquel niño tonto que se cayó de la cuna y se quedó como estaba. Tonto. No me guardéis rencor por lo anterior. Cosas que tenemos los sexygenarios. Claro que, después, los periodistas también nos informan que todos los presidentes del gobierno lo sabían. Así que, por tanto, consintieron. Ambos, periodistas y presidentes, sabían que era putero, que le pagábamos las pilinguis a escote y que sus amigos cobraban comisiones por el mero hecho de ser amigos de quien eran amigos. Creo que me he liado, pero también creo que se me entiende lo que escribo. Y si no, os hago un croquis. Resolvamos el problema. Os ayudo:
Va un señor A, Emérito, a un chalé B, propiedad de los servicios de espionaje españoles, la conocida TIA, se tira a una rubia a la que vamos a llamar C, ludópata, domadora y actriz por el método Stanislavski Chúpame la Minga,  y cuál es el resultado. Pues el resultado es que, sin que te enteres, el polvo lo has pagado tú. Y, ante eso, ¿qué digo yo?, pues digo que olé. Olé por la rubia que a puerta gayola corta orejas y de postre se come el rabo. Sí señor. Por fin alguien en este país tiene un trabajo altamente remunerado  por chupar del badajo y sin saber nada. Qué digo. Latín sí sabe. Nivel experto, dicen. La cosa no acaba ahí. Ahora viene lo de los amigos. Sí, porque Emérito tuvo, y todavía tiene, muchísimos amigos. Roberto Carlos, el del millón de amigos, se muere de la vida. Pero, concretemos. Tenía uno que era manco y que ya se murió. Aclaro, no se murió de manco. Uno que era descendiente de Colón. Ya sabéis, el primer turista que fue a Punta Cana. Pues bien, ese manco, que no el de Lepanto, salió personaje. Tanto lo era, que hasta la cárcel lo llevaron a ver si se le corregían el vicio. Porque, claro, a Emérito no lo podían llevar. Era inviolable. Aclaro, ser inviolable no es óbice para ser follable. Que se lo pregunten, si no, a la domadora. Abundan en más datos los plumillas: el manco cobraba el porcentaje desde que el abuelo Paco se convirtió en abono para las plantas por la gracia de Dios. La cosa está comprobada, el manco cobraba hasta un 20%  por cada barril de petróleo que le enviaban los primos árabes a Emérito al latifundio. Pero abundan más en la cuestión. En una ocasión en la que esperaba audiencia un conocido socialista, modelo 82, le dijo al camarlengo que lo acompaña que nanay, que se había acabado el Calisay, y que a partir de ese momento de 20% nada, un dos y Emérito va que chuta. Lentejas, macho. Así que, informa a tú señorito. Emérito fue informado y siguió interponiendo la mano del manco en cada barril. La buena. Pero como los revolucionarios, el socialista añada 82, siempre acaban en vulgares administradores de la reforma, la siguiente afrenta fue dejar a la rubia sin el estipendio mensual que cobraba a cuenta de los fondos reservados como indemnización por polvo echado. O sea, a la domadora le pagaban del Presupuesto General del Estado. Traducido: de ti, de mí y de todo quisqui. En el extranjero esto se conoce por hacerse un everybody.
Para que nos entendamos:
Durante 40 años nadie supo nada. Y ahora, todo el mundo lo sabe todo. De tal manera que, después de consentir 40 años de latrocinios, cuando a Emérito le quedan un par de telediarios y cuando estamos a punto de ahorrarnos la real asignación en condones, los “plumillas” tiran de la manta. Ahora, cuando ya ni se le levanta. A buenas horas, mangas verdes.
NOTA. Por cierto, y ahora que tenemos transparencia y que hablamos de todo, ¿qué va a pasar el día que Preparado herede? ¿Va a devolver todo lo robado por Emérito o va a empezar a echar currículos de una vez?
Sin tiempo no va siendo.

La Transición en mil palabras.


Es sabido que cuando una cosa se repite hasta la saciedad, algo siempre queda. Aunque los hechos demuestren claramente lo contrario. Aunque sea mentira. Siempre habrá gente que piense: “cuando el río suena, agua lleva”. Y por mucho que le expliques que no es verdad, (incluso, aunque lo demuestres), siempre creerán lo mil veces repetido. Y es que, el español es un pueblo exagerado, creativo y botarate como pocos. Capaz de lo mejor, de lo peor y de lo contrario de lo contrario. Habituado a creer en mentiras, a propalarlas como si de un dogma de  fe se tratara y a hacer el memo. Es nuestra idiosincrasia. Y aunque es verdad que en todos los lados cuecen habas, según el español, nuestras habas son insuperables. Son las mejores habas del mundo. El español, dicen, también es chillón, maleducado y, por supuesto, siempre tiene la razón. Tan es  así, que no hay español que se precie que en su interior no lleve un Seleccionador Nacional de Fútbol, un Teólogo, un Abogado o un Médico. Las cuatro cosas, por lo menos, van de serie en un español medio. Conste que los hay con más aplicaciones. El español lo sabe todo, lo entiende todo y lo confunde todo. El español es caótico en los horarios, deja todo para última hora y es amigo de la siesta. Y sin embargo, y pese a todo, el español vive en un país con una economía pujante. Pero como por ahí afuera nos tienen envidia no nos dejan estar ni en el G-20 (ya saben ese grupo de países que presumen de ser lo más de lo más en cuestiones de parné).  Para compensarnos del infortunio nuestras autoridades locales nos cuentan historias y nos cantan milongas. El español, ávido de historias, es amante de la lectura, de ir al  cine, y de leer el periódico los domingos. El español es culto. Rama: o sea. Gusta de milongas y, al igual que todo el mundo, tiene una tendencia natural a creer en las historias que le repiten hasta la saciedad. Siempre en la misma dirección. Por tierra, mar  y aire. O lo que es lo mismo. A través de cientos de  libros, de miles de periódicos y de decenas de películas. A través de montañas de programas de televisión y de los líderes de opinión más relevantes. La Transición, nos dicen, no se hizo bien. Se hizo súper bien. Lo dicen hasta  la saciedad. Hasta saturación. Tanto que incluso intentaron exportar el argumento a otros países. Señoras y señores, coman mierda. Un millón de moscas no se pueden equivocar. Y es que La Transición puso fin a 40 años de dictadura y favoreció la reconciliación de los españoles. Pasamos de la dictadura a la democracia, se legalizaron los partidos  que vivían en el exilio y se favoreció (desde el Estado) al PSOE como gran partido de la futura oposición en detrimento del que había sido la oposición más visible hasta ese momento (el P.C). De forma descarada, con el dinero del amigo americano y a través de los alemanes. Pero, esa es otra historia. La Transición, también fue posible  gracias al acuerdo alcanzado entre los presentes en aquellos momentos. Los derrotados en la guerra civil, sus hijos o sus herederos políticos tuvieron que refrendar (en favor del cacareado bien común) el acuerdo, y los ganadores (generosamente) fueron exonerados de sufrir purga alguna. Ni la policía, ni los magistrados, ni empresario alguno fue llamado al orden o apartado de su función. Nadie fue juzgado y todos siguieron impunes en sus puestos hasta el fin de sus días. Pese a todo, políticos, comunicadores y el mundo en general, está de acuerdo en que La Transición fue un éxito. Un éxito conseguido entre todos. Y puede ser  verdad. Al menos, si atendemos al viejo argumento de que “El fin justifica los medios” La Transición fue un éxito. Lo malo, conviene recordarlo, es que ese argumento tiene un claro trasfondo fascista. El problema es que ese final feliz se consiguió, otra vez, a costa de los mismos. De los derrotados, de los humillados, de los que le costó Dios y ayuda superar tanta obscenidad.
Ahora, después de 40 años de dictadura, y después de otros 40 desde La Transición, vemos que lo de La Transición fue una milonga muy bien montada. Un cuento chino, o si lo prefieren, otro cuento del prolífico cuentista que fue Calleja. Porque, a La  Transición, esa tarea inacabada, le queda mucho desarrollo todavía. La Transición tiene fallas en el argumento. La Transición tiene fallos en el desarrollo y La Transición está a medio camino del final. Es tiempo ya de que los vencedores habituales, los reconvertidos a la  fe de la nueva democracia, acepten, por el bien de todos (igual que antes hicieron los otros), las nuevas normas que demanda el ciudadano y concluir la tarea de La Transición de una dichosa vez. Harían bien, por la búsqueda de la concordia y por el bien común, en aceptar lo obvio. Estaría bien que los adictos que todavía quedan poseídos por el espíritu del zombi del abuelo Paco, el exagerado general, Caudillo por la gracia de Dios, aceptaran la realidad, pasaran página y avanzaran pantalla en este juego democrático que tenemos entre manos. Al fin y al cabo, sólo se les pide lo mismo que se les pidió antes a los otros. A los vencidos, a los humillados, a los arrinconados. Se les pide que dejen de dar la murga. Si aceptan, a lo mejor, dentro de otros 40 años, y con un poco de  suerte, podamos dar por finalizada de verdad La Transición. Será ese momento, el día que llegue, que llegará, en el que alguien podrá escribir un libreto que ponga en valor esa ópera nacional titulada La Transición. Mientras tanto, el español tendrá que conformarse con el género chico, y seguir soportando este cambalache en el que los herederos de Franco son los protagonistas en esta zarzuela conocida por todo el mundo como La Transición.

Los partidos pesadilla.


A mí me vais a disculpar, pero os pregunto una cosa: ¿si afirmo que las fuerzas políticas de este país son una mierda, qué estoy siendo populista o realista? Y que conste que no me gustaría ser ninguna de las dos cosas. Más que nada por aquello del que dirán. Populista, ¿del Partido Popular? Ni harto de güisqui. Realista, ¿del Real Madrid, de la Casa Real? Ni sonámbulo. Pues, lo cierto es que lo afirmo. Las fuerzas políticas de nuestro país son una mierda. No se salva ninguna.
El PSOE es un partido de mentirosos profesionales. Han alcanzado tal grado de profesionalidad que mienten hasta en las siglas. Además, sufren de bipolaridad. Son republicanos que defienden la monarquía. Por tanto, el PSOE es un partido de diván. Igual que los del PP. También denominado el partido-empresa. Presumen de Populares. 900.000 mil afiliados falsos dan mucha popularidad. Tienen un líder listo, hace media carrera en siete años y la otra media en cuatro meses. Raro. Y como Secretario General, el listillo, ha situado a un campeón mundial. Sí, de lanzamiento de hueso de aceitunas. Olímpico no es, pero todo se andará. Por si no lo sabéis, Casado es tan moderno como Aznar. Sí, ¿no os acordáis de Aznar? Efectivamente, el que le puso el culo de los españoles a disposición de George Bush II. Para lo que gustara. Otro moderno. Señor de las flexiones. Claro que, después viene Rivera. Por cierto, ¿Rivera no os parece Casado? Se parecen hasta físicamente  y proponen las mismas cosas. Eso sí, Casado lo hace con el desparpajo del que se sabe máster por Harward-Aravaca, sección Cifuentes varias. Casado aspira a que sólo roben los suyos y a que los demás hagan la vista gorda o, en su defecto, que roben poco. Lo que quiere Rivera es una entelequia. No lo sabe ni él. Girauta tiene una idea.  Un día quiere una cosa y al siguiente la contraria. En lo que coinciden ambos, Rivera y Casado, es en el personal que administran. Suelen ser profesionales de la política y, en el mejor de los casos, abogados del Estado interesados en medrar a costa de lo que sea. Y después vienen los de Podemos. Un partido, o lo que Podemos sea, cercado. Lleno de contradicciones y corrientes internas. En el que confluye todo y nada. Sin ningún campeón en el arte de escupir huesos de aceitunas, pero con verdaderos maestros en el arte del escupitajo. Los reyes del lapo. La auténtica izquierda de este país. Esquizofrénica, fuera de la realidad y dando tumbos. Pactando con la derecha, con el PSOE, y perdiendo después el compás justificando lo imposible. Y me pregunto yo, ¿la gente honrada, trabajadora, atea, republicana, la que cree en el derecho a decidir de todos los pueblo, a qué partido vota? Y que conste, la pregunto es meramente retórica.

La tribu de los gallegos.



Ayer fue Santiago apóstol, patrón de España. Día de la patria gallega. El día principal de las fiestas de mi aldea, de Cereixo. Sin embargo, no lo celebré. Al menos, no al uso. No estuve en la “manifa” de Santiago, tampoco fui a la aldea y no viajé más allá de la frontera gallega a ver cómo celebraban los españoles la festividad de mi patrón. Porque mi patrón no es sólo mío. Es de todos los españoles. Incluso de los gallegos con arrestos y cara dura para insultar a los que no tienen la suerte de ser como ellos, gallegos, y se tienen que conformar con ser españoles. O lo que es peor, de insultar a otros que siendo gallegos, igual que ellos, se creen en la obligación de defender primero lo de fuera y después lo de aquí. Santiago apóstol, pese a quien le pese, es el patrón de todos. De todos los españoles y patrón de la patria gallega. Lo uno puede convivir  con lo otro y lo otro con lo uno. 1.000 años de colonización demuestran que el olvido es común en todas las especies. Sí, porque llega un tiempo, después de mucho, mucho tiempo, en el que todo el mundo se acostumbra y se adocena a lo impuesto. Ya ni nos damos cuenta. Somos víctimas de una colonización muda y grata para muchos  todavía hoy en día. Protestan los de siempre. Los nacionalistas, los que siempre llevan la contraria y los que se creen en uso de la razón. Protestan los habituales. Galicia es una arcadia invadida. El sueño de Breogán y el paraíso en la tierra, dicen los que han viajado más bien poco. Un lugar en el que algunos lugareños desprecian su idioma y lo creen inferior, de la misma manera que creen que es inferior todo lo gallego. Son los acomplejados, los meapilas, los que se le llena la boca con frases chorras que nada dicen como “poner  en valor” o cosas así. Son los renegados. Los que no aceptan lo que somos,  ni como somos. Los que reniegan. Los que se creen mejores. Y lo son, aunque no lo parezca. Son mejores imbéciles, con la capacidad de raciocinio de los protozoos y prescindibles siempre. Son los que no aportan nada. Los que no tienen humor. Los que viven con permanente acidez estomacal. Sí, porque en Galicia hay mucho caníbal. Caníbal del urbanismo y también caníbales del pensamiento único. Caníbales con bandera estrellada que se creen con derecho de emisión de carnet de buen gallego. En Galicia, igual que en todos los lados, hay gente equivocada. Gente ociosa, desocupada, con ganas de tocar la gaita y con muchísimas ganas de chillar aturuxos. Personas dedicadas a negar la realidad y a protestar por lo obvio. Y lo mejor sería aprovecharse. Aprovechar que somos distintos y recalcar la diferencia. Mostrar al mundo nuestra creatividad y presumir de nuestras miserias. Hacer rutas para enseñar nuestra creatividad. Y así, entre fiesta de exaltación de algún producto local y verbena con orquesta desatada, hacer  rutas que muestren nuestros logros como aborígenes y mostrar a los turistas el buzón microondas, el cierre de finca somier o la antena parabólica paellera. Paseo de catástrofes, ruta 1. Si a eso le añadimos nuestro desaforado gusto por la arquitectura made en “ti vai facendo” y coronamos nuestras casas con una bandera de laurel, cosa que indica que la vendimia ha sido hecha, y dedicamos el bajo a poner un “furancho” y a dar tortillas a los que se vayan acercando, y nuestra inveterada costumbre de rapar crines a las bestas, de bajar en kayak por los ríos, de tirar bombas de palenque y de entregarnos a la alborada como forma de despertador, estaremos en condiciones de asumir que somos gallegos. Mientras tanto, lo suspendidos en tan sencillas asignaturas quedan a la espera de aprobado. Son gallegos por CCC, estrellado o de alguna variante desconocida. Todos los años se descubren nuevas especies de gallego. Los hay incluso de laboratorio. De tal forma, que mientras no recapacitemos en lo que somos, no lo asumamos y no lo cambiemos, los gallegos sólo seremos otros aborígenes colonizados que ni siquiera nos damos cuenta de lo mucho que llevamos tomado por el culo.